(Me ha parecido muy interesante
este artículo de Josep Borrell publicado en el
Periódico el 26/02/2009)
UNA CRISIS DE DESIGUALDAD
• Todos los datos reflejan el retroceso de los salarios
desde los años 80 y un aumento de los beneficios.
JOSEP Borrell*
Si la renta nacional se hubiese repartido mejor, con beneficios
más bajos y salarios más altos, la economía
habría sido más estable. Si las fortunas
dedicadas a la especulación se hubiesen distribuido,
en forma de precios más bajos o salarios más
altos, habríamos podido evitar o por lo menos atenuar
la crisis.
Así diagnosticaba M. S. Eccles, presidente de la
Reserva Federal de EEUU entre 1934 y 1948, las causas
de la crisis de 1929 y la gran depresión que la
siguió. Pero se puede decir lo mismo de la actual
crisis, que también tiene su origen en un mal reparto
de la renta, en el crecimiento de las desigualdades en
el interior de los países desarrollados y en la
supremacía de la especulación financiera
sobre la economía real.
La crisis que sufrimos, global, sistémica, es en
buena medida la crisis de un modelo basado en el crecimiento
de las desigualdades. Demasiados beneficios y salarios
extravagantes para algunos acumulan un capital que alimenta
la especulación bursátil y el apalancamiento
cada vez más arriesgado. Salarios demasiado bajos
y empobrecimiento de las clases medias impulsan un consumo
a crédito hasta la explosión de las deudas,
en vez de que una demanda socialmente extendida y económicamente
solvente justifique la inversión en nuevas capacidades
de producción real.
Todos los datos reflejan el retroceso de los salarios
en el reparto de la renta desde principios de los 80,
y el aumento de la tasa de beneficio. Han resistido mejor
los países con sistemas de protección social
desarrollados, y peor EEUU, donde el decil
superior ha pasado de recibir el 27% al 55% de la renta.
A principios de los 70, el director de General Motors,
empresa de referencia de la época, ganaba 88 veces
el salario medio de sus trabajadores: 40.000 dólares
en dólares constantes. El director de la empresa
de referencia actual, la cadena Wal Mart, gana 1.300 veces
el salario medio, que hoy no llega a 20.000. Y no olvidemos
que esta crisis es, sobre todo y en su origen, una historia
norteamericana.
La liberalización financiera modificó el
gobierno de las empresas y consagró la preponderancia
del accionista con exigencias de rentabilidad del 15%
que solo podían obtenerse con la compresión
salarial. La emergencia de economías exportadoras
de la talla de un continente creó un mercado de
trabajo mucho más amplio con un exceso global de
mano de obra, un aumento de la competencia en el mercado
de bienes, una mayor exigencia de rentabilidad del capital
bajo la amenaza de deslocalizaciones y una fuerte presión
a la baja sobre las rentas salariales.
SE ROMPIÓ
ASÍel compromiso entre el capital y el trabajo,
construido en la posguerra. La evolución de los
salarios reales se desconectó de la productividad,
generando una verdadera deflación salarial. Esta
transformación en el reparto de la renta implicaba
cambiar la regulación macroeconómica del
crecimiento. El consumo se desconectó de la renta
y desarrolló el crédito, que se convirtió
en el gran estimulador de la demanda. Las empresas, para
aumentar el valor para el accionista, sustituyeron capital
por endeudamiento, cuando no se lanzaron a operaciones
corporativas fuertemente apalancadas, dando como garantía
el valor de lo que se compraba. En España sabemos
mucho de eso: algunos de sus protagonistas han generado
fortunas y otros han acabado, o acabarán, muy mal.
El resultado ha sido un espectacular crecimiento del endeudamiento
privado, de familias y empresas, y una caída de
la tasa de ahorro. En España, especialmente: en
el 2006, la deuda de familias y empresas no financieras
era el 188% del PIB, tasa solo equivalente a la del Reino
Unido, pero el 50% mayor que la de Alemania y Francia.
Con razón se dice que el modelo del crecimiento
estadounidense, basado en el consumo financiado a crédito
y en la burbuja especulativa del sector inmobiliario,
ha tenido en Europa dos buenos alumnos: España
y el Reino Unido. Mientras todos estábamos tan
contentos con la reducción del déficit y
el endeudamiento público, el sector privado acumulaba
una montaña de deudas financiadas con ahorro externo.
Las crisis que fue provocando la tendencia a aumentar
el endeudamiento, fueron sofocadas por los bancos centrales,
sobre todo la Reserva Federal, bajando los tipos de interés,
es decir, acelerando el endeudamiento. Y la innovación
financiera permitió a los bancos transferir el
riesgo y, por lo tanto, valorarlo con menos rigor, liberando
capital para seguir dando más crédito.
AHORA
ELexceso del endeudamiento obliga inevitablemente a su
reducción, y la recesión se alimenta con
la interacción de la caída de las rentas
y del crédito. Solo el Estado puede tomar el relevo
para mantener la actividad, y una nueva reglamentación
financiera es indispensable para evitar nuevos excesos.
En eso estamos.
Pero no será suficiente para generar un crecimiento
estable. Si el endeudamiento no puede ya dopar el crecimiento
con el consumo a crédito, hará falta que
las rentas salariales vuelvan a crecer de acuerdo con
la productividad. Esa es una condición necesaria
del éxito de cualquier plan de relanzamiento. Y
que los sistemas fiscales vuelvan a redistribuir la renta
corrigiendo la desfiscalización del capital, que
se ha acelerado en los últimos años, también
en España.
¿Cómo hacerlo? Empezando por acabar con
los paraísos fiscales, como parece que por fin
han comprendido los gobiernos europeos. Sin ello no hay
regulación financiera que funcione ni distribución
de la renta que nos permita salir de esta crisis de la
desigualdad.
* Presidente de la Comisión de
Desarrollo del Parlamento Europeo.